Carmen espigares

Carmen Espigares Navarro. Psicóloga de ISEP Clínic Granada

Cuando escuchamos o leemos la palabra «inteligencia», es fácil asociarla automáticamente a conceptos relacionados con la memoria y las capacidades cognitivas. Normal. Hasta hace no mucho, poco o nada se nos explicaba acerca de «otro tipo de inteligencia». Sin embargo, en la actualidad hay un término que cada vez se escucha más: Inteligencia emocional.

Y es que, hasta hace poco e incluso hoy en día, no es raro escuchar eso de que: «¡Qué inteligente!, menudo coco tienes…». Pero… ¿únicamente en eso consiste la inteligencia? ¿Sólo con un buen intelecto es posible garantizar una exitosa vida personal y profesional? Incorrecto amigos… Y aquí es donde comenzaré a hablaros de la Inteligencia Emocional.

¿Cuándo empezó a hablarse de inteligencia emocional?

Aunque el concepto de Inteligencia Emocional ha llegado pisando muy fuerte en los últimos años, lo cierto es que es un término del que empezó a hablarse algunas décadas atrás. Ya desde 1920, autores como Edward L. Thorndike, David Wechsler y Howard Gagdner, hablaban sobre la importancia de ciertas habilidades no relacionadas con factores intelectuales y, que tendrían un gran peso sobre el comportamiento humano.

Sin embargo, fue con el célebre libro de Daniel Goleman, cuando el término de inteligencia emocional se popularizó. Es a partir de este momento, cuando empieza a entreverse la importancia de este tipo de inteligencia, conocida como el conjunto de habilidades que nos permiten sentir, comprender y gestionar de manera adecuada y racional nuestras emociones y las de los demás.

¿De dónde vienen nuestras emociones?

Aunque mucho se ha evolucionado en el estudio de las emociones, hay algo que se sabe desde el inicio. Toda emoción constituye un impulso que nos moviliza a la acción. Basta con observar a los niños pequeños para ver cómo las emociones los dirigen hacia una acción determinada. Sin embargo, las experiencias que vivimos y ciertos factores ambientales, nos permitirán moldear, con el paso de los años, la forma en la que reaccionamos ante los estímulos emocionales.

Ahora bien, ¿de dónde vienen las emociones?, ¿qué áreas de nuestro cerebro son las responsables de que nos sintamos de una u otra manera? Gracias a la evolución de la tecnología, es posible saber lo que ocurre en nuestro organismo mientras pensamos, sentimos, soñamos o imaginamos.

Base cerebral de la inteligencia emocional

El tallo encefálico, constituye la región más primitiva de nuestro cerebro y es el que se encarga de la regulación de las funciones más básicas. Alrededor del tallo, se fue configurando el sistema límbico, también conocido como el «cerebro emocional», puesto que su función tiene que ver con la aparición de los estados emocionales. En el sistema límbico se ubica la amígdala. Se trata de una pequeña estructura con forma de almendra en la que se depositan nuestros recuerdos emocionales.

Sobre dicha red cerebral, en la que se asientan las emociones, se fue desarrollando el neocórtex. Esta región es la que nos diferencia del resto de las especies y de la que dependen capacidades como el pensamiento, la comprensión o la reflexión. Es lo que comúnmente se conoce, como la parte más racional del ser humano.

Por consiguiente, nuestro «cerebro pensante» creció y se desarrolló a partir de nuestro «cerebro emocional», manteniéndose unidos por miles de circuitos neuronales. Hablamos por tanto, de dos estructuras perfectamente interconectadas entre sí. Pensamiento y sentimiento. Racionalidad e instinto. Los dos extremos de un continuo que, combinados en un adecuado equilibrio, nos convierten en personas emocionalmente inteligentes.

La mente que piensa y la mente que siente

Aunque hemos visto que es posible que nuestra parte más racional controle a nuestra parte más pasional, no siempre nuestra racionalidad prima sobre nuestros sentimientos. Piensa por ejemplo, alguna vez en la que perdiste el control y explotaste contra alguien diciendo cosas que jamás pensabas que dirías. ¿Por qué ocurre esto?

En cada uno de nosotros actúan dos mentes: la que piensa y la que siente. Ambas son independientes y con circuitos cerebrales diferentes, pero interconectados. En muchas ocasiones, estas dos mentes se coordinan adecuadamente. Sin embargo, otras veces, determinados estímulos generan en nosotros reacciones emocionales de gran intensidad, que activan respuestas automáticas y desproporcionadas, capaces de secuestrar a nuestra mente racional, llevándonos a comportamientos extremos o indeseables.

Aquí es donde entra en juego la inteligencia emocional. Esta habilidad nos da la clave, no para dejar de sentir emociones, eso además de imposible sería catastrófico para la especie humana, sino para aprender a gestionar nuestros estados emocionales cuando sintamos que pensamiento y sentimiento, no juegan en sincronía.

IDEAS PARA MEJORAR TU INTELIGENCIA EMOCIONAL
  • Reconoce la emoción que se esconde tras tus actos

Las vivencias negativas que experimentamos a lo largo de la vida nos enseñan a aislarnos de las emociones para protegernos, lo que provoca que “desconectemos” de ellas. Las emociones no pueden ni deben ser eliminadas, pero sí somos capaces de conectar con ellas, entenderemos cómo fluyen e influyen sobre nosotros. Cuando en un momento dado, actúes o te sientas de una determinada forma, párate un instante y reflexiona sobre la emoción que se encuentra detrás.

  • No juzgues las cosas como “buenas” o “malas”

Tenemos cierta tendencia a juzgar a las personas y situaciones en base a nuestras ideologías, creencias y códigos morales, de forma que aquello que se sale de nuestro patrón personal lo consideramos inapropiado, errado, malo y, en los peores casos, amoral. Aprender a descartar de nuestro repertorio de pensamiento, el dogma de “bueno” o “malo” nos ayuda a tener una visión más enriquecedora y flexible de aquello que nos rodea.

  • Enriquece tu vocabulario emocional

En el caso de poner nombre a las emociones, el uso de etiquetas va a estar bien justificado. Los nombres que pongas a las emociones que estás experimentando, te facilitarán la tarea de entender qué estás sintiendo, cómo lo estás sintiendo y por qué. No dominar el lenguaje emocional limita el conocimiento de lo que estás experimentando, dándose la sensación de que no sabes lo que te ocurre.

  • No juzgues lo que sientes

Las emociones tienen una importante función: proporcionarte información sobre lo que está ocurriendo. Si pudiesen ser reprimidas, nos encontraríamos “a ciegas” por lo que la búsqueda de soluciones sería más dificultosa. Las emociones negativas cumplen la función de prevenirnos, de protegernos, siempre y cuando sepamos escucharlas e interpretarlas para obtener toda la información posible y enfrentarnos a aquello de lo que nos alertan.

Si aprendemos a considerar las emociones no como algo bueno o malo, positivo o negativo, sino como una fuente de información que nos ayudará a ser más conscientes de nosotros mismos, seremos más eficaces a la hora de abordar todo tipo de situaciones.

  • Busca el por qué de los demás

Un error que cometemos comúnmente es el de juzgar únicamente la reacción manifiesta de una persona sin detenernos a “observar” lo oculto que hay detrás de ella. Si nos acostumbramos a reflexionar un momento sobre qué sentimientos puede estar experimentando esa persona, si buscamos el por qué de esa reacción, nos resultará más fácil entenderla.

Si crees que hasta hoy no has prestado mucha atención al desarrollo de tu inteligencia emocional, en Isep Clínic Granada te enseñamos cómo hacerlo. Para niños, adolescentes y adultos, ofrecemos de manera individualizada y también grupal, sesiones orientadas al conocimiento del mundo de las emociones con la finalidad de superar aquellas actitudes, creencias y hábitos negativos que nos impiden realizarnos en todo nuestro potencial, bloqueando la capacidad que tenemos para mantener una relación saludable con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea.

 

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