Carmen Espigares Navarro. Psicóloga de ISEP Clínic Granada

La conducta agresiva infantil es una de las mayores problemáticas a la que se enfrentan padres y profesores hoy día. En consulta, a menudo observamos niños que muestran comportamientos agresivos, que actúan manipulando a las personas de su entorno o que desafían a las figuras de autoridad con una marcada rebeldía.

Son muchos los padres que acuden a nosotros con la misma demanda: ¿¡Qué podemos hacer para parar esto?!. Y es que las rabietas y pataletas dejan de ser las propias que se pueden dar de manera acorde al desarrollo del niño, para acabar convirtiéndose en conductas completamente inadaptadas que, en muchas ocasiones, sobrepasan a los progenitores y el hogar acaba convirtiéndose en un lugar hostil para toda la familia.

Un pronóstico adecuado y a tiempo mejora e incluso elimina una conducta anómala que puede llegar a predecir otras patologías psicológicas en la edad adulta. Un comportamiento infantil excesivamente agresivo puede derivar, si no se trata de forma adecuada, en fracaso escolar y conductas con rasgos antisociales en la adolescencia y la edad adulta, ya que principalmente son niños con dificultades para relacionarse y adaptarse a su propio entorno.

¿Qué es la agresividad infantil?

La agresividad es un daño provocado a una persona, animal u objeto. La conducta es intencionada y puede originar un daño físico o psicológico. Los niños suelen manifestar la agresividad de forma directa (insultos, palabrotas, patadas…); aunque también encontramos otras formas de manifestación más indirectas, en las que el niño ocasiona daños a objetos de la persona que percibe como fuente de conflicto, así como una agresividad que se expresa de manera “contenida”, mediante gestos, movimientos y expresiones faciales de frustración.

Normalmente, cuando un niño manifiesta una conducta agresiva es a modo de respuesta ante algo que percibe como aversivo o conflictivo. Dichos conflictos suelen ser resultado de:

  • Problemas de relación con otros niños, que ocurren porque el niño no ve satisfechos sus deseos.

  • Problemas con adultos, cuando no quieren cumplir las órdenes o límites impuestos.

  • Castigos o consecuencias negativas fijados por no haberse comportado adecuadamente.

Cualquiera de estos comportamientos generan en el niño sentimientos de frustración, la cual, mal gestionada, facilitará la reacción inadaptada. Dicha forma de reaccionar va a depender de su aprendizaje y experiencia previa. Los niños aprenden fácilmente a comportarse de forma agresiva porque imitan a figuras de referencia (padres, amigos, compañeros, etc.). Este proceso se conoce como modelamiento. Padres que emplean la violencia física o verbal, se convierten para sus hijos en modelos de conductas agresivas; de esta forma, los niños interiorizan un repertorio conductual caracterizado por la tendencia a responder de forma agresiva ante situaciones conflictivas.

En este proceso de modelamiento los niños no sólo reciben información de patrones de conducta agresiva, sino que también aprenden las consecuencias que dichas conductas pueden acarrear. Si las consecuencias son agradables, porque el niño consigue lo que quiere, la conducta tendrá una mayor probabilidad de ocurrir en el futuro. Por ejemplo; si un niño grita y patalea porque los padres apuntan que es la hora de apagar la televisión y éstos acaban cediendo a la demanda del menor con el fin de eliminar ese comportamiento y que se tranquilice, lo que estaremos enseñando al niño es a gritar y patalear para conseguir aquello que quiere.

Factores de riesgo en la conducta agresiva

Uno de los entornos que más influencia tiene sobre la aparición de la conducta agresiva en niños es el familiar. Dentro del contexto familiar, además de los modelos y refuerzos existentes, va a ser de crucial importancia el estilo educativo y el tipo de disciplina que los padres ejerzan en el hogar. Se ha demostrado que tanto padres poco implicados, como aquellos con actitudes hostiles que constantemente desaprueban al hijo, fomentan el comportamiento agresivo en el menor.

Otro factor familiar muy influyente hace referencia a la incongruencia manifestada por parte de los progenitores. Dicha incongruencia puede expresarse de distintas formas:

  • Castigando la conducta inadaptada del niño con su propia agresividad.

  • Cuando una misma conducta es, a veces castigada y, otras veces ignorada.

  • Cuando no hay acuerdo entre los progenitores antes las reacciones del niño, por lo que se le lanzan mensajes contradictorios y muy confusos que no hacen más que intensificar la sensación de descontrol.

  • Relaciones deterioradas y teñidas de conductas agresivas entre los padres.

Cabe mencionar también que otros factores que pueden influir en la agresividad infantil, son aquellos de naturaleza orgánica (malnutrición, alteraciones hormonales, mecanismos cerebrales alterados y otros problemas de salud específicos) así como un déficit en habilidades sociales y una baja inteligencia emocional.

En el tratamiento de la conducta agresiva del niño es esencial implicar también a los padres y a aquellos adultos que forman parte del entorno más cercano del niño, ya que debemos incidir en dicho ambiente para llevar a cabo la modificación de conducta. Aunque el principal objetivo es reducir o eliminar la conducta agresiva en aquellos ambientes y situaciones en las que se produzca, es necesario que para esto el niño aprenda conductas alternativas a la agresión.

En Isep Clínic Granada el tratamiento perseguirá siempre dos objetivos: por un lado, la eliminación de la conducta agresiva y, por otro, la adquisición del aprendizaje de la conducta asertiva. Son diversos los procedimientos y técnicas que empleamos; su utilización dependerá de los resultados de la evaluación realizada así de como cada caso concreto, ya que desde nuestro gabinete, la asistencia personalizada siempre es un plus.

Para cualquier información, no dudes en contactar con nosotros.

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