Celia López Sánchez. Psicóloga y Sexóloga de ISEP Clínic Granada

Socialmente, podemos asumir que los celos están muy normalizados. Es común encontrar parejas que los consideran una muestra de amor y que pueden llegar incluso a pensar que hay algún problema si no se muestran indicios de celos.

Sin embargo, llegan a ser un síntoma de desconfianza hacia el otro, y pueden incluso separarnos de la persona amada.

Es conveniente distinguir entre los celos normales, aquellos que cualquier persona puede sentir en un momento determinado sin que ello llegue a suponer un problema, y los celos patológicos.

Los celos sanos consisten en una preocupación por la posible pérdida de la pareja o un malestar por la relación (real o ficticia) que la persona amada mantiene con alguien más. Esto a veces puede causar ciertas fricciones en la pareja, pero no llega a ser demasiado serio o producir un intenso malestar en ninguno de los miembros de la pareja.

Por el contrario, cuando hablamos de celos patológicos, va acompañado de intensos sentimientos de inseguridad, auto-compasión, hostilidad y depresión, llegando a ser destructivos para la relación.

La diferencia principal entre ambos está en que, en lugar de preferir y desear que la pareja esté sólo con él/ella, las personas con celos patológicos exigen/demandan que su pareja no debe relacionarse emocional o sexualmente con otras personas.

El sufrir por la posibilidad de que algo malo pueda suceder, o la posibilidad de perder algo, es algo que también se repite en trastornos de ansiedad. De esta forma, no vivimos ni disfrutamos del presente. Es importante darle a todo, el peso que realmente tiene y afrontar los problemas conforme vayan sucediendo.

Se puede considerar lógico preocuparnos por perder a la persona que amamos, sentirnos inseguros ante ciertas amenazas concretas, o desconfiar tras una traición o mentira.

El objetivo en el que nos centramos en terapia en estos casos será aprender a controlar la importancia que le damos, el cómo lo vivimos y encontrar el equilibrio entre ambos.

Los celos se retroalimentan a sí mismos, nos llevan a la infelicidad y muchas veces acaban provocando aquello que más tememos: la persona amada deja de querernos.

La persona celosa desconfía constantemente, viviendo en estado de alarma. Se enfada y pide explicaciones, prohíbe, busca pruebas de las posibles traiciones, viola la intimidad de la pareja, etc. De esta forma, la otra parte de la pareja llega a sentirse perseguida, agobiada, acosada… y deja de contar ciertas cosas para evitar el conflicto. Oculta o camufla la realidad para no crear más problemas. La persona celosa desconfía aún más ante esto, por lo que el círculo continúa. La pareja acabará por alejarse cada vez más, hasta que la relación se rompa.

De esta forma, ¿cómo podemos enfrentarnos a los celos?

Conviene hacer todo lo contrario que hemos estado demostrando hasta ahora: confianza. No esperar que sea la otra persona la que “demuestre” el amor, si no centrarnos en qué podemos hacer nosotros para que la pareja lo reciba.

Ser concretos y explícitos en nuestras necesidades y en aquello que nos gustaría que sucediera y nos haga sentir bien. De esta forma, fomentamos la complicidad y el amor, no el control

Y, sobre todo, trabajar individualmente en nuestras propias inseguridades. Fomentar la confianza y autoestima en nosotros mismos, enfrentarnos a nuestros miedos y controlar los pensamientos irracionales que nos acechan.

Es importante recordar que si los celos nos están torturando hay que tomar medidas. Evaluamos de dónde vienen estos sentimientos e inseguridades y qué podemos hacer con ellos. La terapia, tanto individual como de pareja, puede servirnos de ayuda en estos casos.

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